—¿Tienes algo más que añadir? —quiso saber, observándome con las cejas ligeramente enarcadas.
Sostuve su mirada en silencio, antes de darme media vuelta y largarme de allí. Ni siquiera merecía que le respondiera.
Atravesé el despacho hecha una furia, pero cuando abrí la puerta, me topé de bruces con Black. Había olvidado por completo que aún esperaba fuera.
—Bella —dijo, antes de echarle un vistazo al interior del despacho; en cuanto lo hizo, sus labios se curvaron en una sonrisa descarada—. Cullen —saludó, aunque no esperó a que Edward respondiera; por lo visto, Black también conocía su absoluta falta de modales—. Aún espero tu respuesta sobre la cena, Bella. ¿Qué me dices?
Oh, por favor. Estaba en plena crisis existencial. Lo último en mi lista de prioridades era decidir si salía a cenar con Jacob Black o no.
—¿La has invitado a cenar? —escuché a Edward preguntar a mi espalda.
Aunque pensándolo bien…
Ni siquiera me di la vuelta para fulminarle con la mirada. Tampoco se merecía eso. Me limité a esbozar una sonrisa que pretendía fuera encantadora.
—Claro que sí, Jacob —dije, entonando mis palabras con dulzura—. Tienes mi número, llámame cuando quieras.
Esquivé el corpulento cuerpo de Jacob y me escabullí hacia el pasillo, decidida a no pensar en las consecuencias del lío monumental en el que me acababa de meter. Tan sólo esperaba que Jacob sufriera un ataque de inspiración divina y optara por no llamarme.
Y que Edward sintiera el irrefrenable deseo de partir unas cuantas piernas.





